paso tiempo

El paso del tiempo: fotografías manipuladas digitalmente (2003-2006)

El árbol de la vida
Familia
El paso del tiempo nº 1
  • El árbol de la vida
  • Familia
  • El paso del tiempo nº 1
  • El árbol de la vida

    Etapa Objetual y Conceptual (1989-2006)
    El paso del tiempo: Fotografías Manipuladas digitalmente (2003-2006)

    Collage fotográfico digital
    5/010
    2004
  • Familia

    Etapa Objetual y Conceptual (1989-2006)
    El paso del tiempo: Fotografías Manipuladas digitalmente (2003-2006)

    Collage fotográfico digital
    5/012
    2004
  • El paso del tiempo nº 1

    Etapa Objetual y Conceptual (1989-2006)
    El paso del tiempo: Fotografías Manipuladas digitalmente (2003-2006)

    Collage fotográfico digital
    5/005
    2005
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Esta tercera y última fase de la gran etapa conceptual de la producción de Pilar Lara está marcada por el empleo de un nuevo recurso: la manipulación digital de las fotografías o, si se prefiere, por evitar la contradicción que sin embargo remite a la evidente continuidad entre la fase anterior manual y ésta digital, la transformación mediante herramientas informáticas de varias fotografías. No ya la digitalización de fotos antiguas al servicio de su reproducción a diferente tamaño o en serie, pero sin alteraciones durante este proceso y sólo sobre el soporte físico de la copia impresa. Si no la intervención mediante el empleo del programa Photoshop en la propia naturaleza de la imagen, y sin tratamientos posteriores una vez impresas.

Dos factores hacen que de nuevo Pilar Lara, superados los sesenta años de edad y tras más de veinte desde que volviera a trabajar como artista, se enfrasque en imprimir un nuevo giro a su obra, esta vez más técnico que conceptual, sin que, como es lógico, esos cambios técnicos dejen de arrastrar novedades en los temas y el lenguaje artístico. Uno de esos factores era cierto deterioro físico y mental -con una leve pérdida de memoria que Pilar llevaba muy mal, ¡ella, que utilizaba la memoria como pieza clave de su expresión artística!- provocado por el desgaste de su corazón tras quince años de su primera operación y el consiguiente aumento de la medicación, deterioro que le lleva a frecuentar cada vez menos el estudio y a empezar a trabajar en casa y también le provoca un cansancio que dificulta el trabajo manual y le invita a buscar nuevos y menos fatigosos recursos técnicos. Y el otro factor era la necesidad -recurrente en ella- de volver a explorar nuevos terrenos, quizás motivada en este caso por la sensación de haber agotado las fórmulas anteriores. Quizás una cosa llevó a la otra. O vinieron a coincidir inevitablemente en el tiempo.

No hay ninguna obra fechada en 2002 ni hasta bien entrado 2003, pues fue un año y medio que, tras la explosión creativa que supuso la serie “No me abandones” (2001), Pilar dedicó a tomarse un respiro, replantearse su forma de trabajar y, sobre todo, a aprender el uso de las nuevas herramientas y a explorar sus posibilidades. La producción de esta fase se ha traducido finalmente en once obras acabadas: dos sueltas, las dos primeras, fechadas ya a finales de 2003 -“El árbol de la vida” y “Familia”-, aisladas por su título y por tanto no incluidas en ninguna serie, quizás por corresponderse con los primeros pasos en el terreno de la nueva técnica, pero muy relacionadas formal y temáticamente con las seriadas, como si fueran su anticipo; las siete obras de “El paso del tiempo”, la serie principal de este periodo cuyo título hemos aprovechado para dar nombre a la fase, todas realizadas en 2004; y las dos de “Dejadme volver”, la última e ¿inacabada? serie, ya de 2005. También hay varios bocetos y probaturas para nuevas obras, no sabemos si abandonadas durante el proceso creativo o pendientes de finalización.

Las acabadas se pueden identificar por estar mucho más elaboradas y por su evidente madurez, pero también gracias a la ausencia de detalles sin pulir que sin embargo abundan en los bocetos. Estos detalles no sólo los aprecia alguien que conozca cómo funcionan estos programas y cómo son las imágenes de collage generadas gracias a ellos, alguien con el ojo hecho a sus características, sino que, incluso de forma intuitiva, son percibidos por cualquier observador y transmiten una cierta sensación de improvisación o falta de pericia, de falta de calidad del trabajo, en otras palabras. Especialmente en la copia impresa final, ya que en la pantalla del ordenador la definición es menor. También se producen cambios en la nitidez y los colores de las imágenes entre las que ofrece la herramienta y las que finalmente se plasman en el soporte de papel, como bien saben quienes están habituados a manejar estos programas. Todo esto obsesionaba a Pilar y ha supuesto un nuevo reto para ella. Naturalmente, puede que haya creadores que hagan de la necesidad virtud y que utilicen la evidencia del “corta y pega”, los recortes abruptos, los desenfoques, las diferencias de resolución, el desacuerdo tonal… como parte de su lenguaje visual y de su estilo -y es lícito, como lo es todo en la producción artística cuando es algo deliberado-. Pero ese no ha sido el caso de Pilar. No podía serlo. No hay más que pensar en la meticulosidad de todo su trabajo anterior, de sus “corta y pega” manuales. En eso, como en tantas otras cosas, ha querido permanecer fiel a su estilo, a la esencia de su trabajo, a sus señas de identidad. Si se ha sentido atraída por este nuevo medio es precisamente porque se lo permitía, ofreciéndole, además, nuevas posibilidades.

Renuncia, como es lógico, a la tridimensionalidad o, para ser exactos, ésta queda encerrada dentro de la obra, dentro del plano bidimensional, pues en seguida investiga el modo de crear efectos de profundidad mediante el empleo de sombras, veladuras y escalas en una suerte de trampantojo digital. Sigue empleando fotografías antiguas, con la misma carga semántica. Ya las digitalizaba y trataba, alterando sus tamaños, como hemos visto, en las últimas series manuales. La continuidad, en ese sentido, es totalmente natural. Pero ahora muchas veces toma sólo una parte de la foto -normalmente una o varias figuras recortadas-; los efectos y manipulaciones son virtuales; y los objetos ajenos a ellas se incorporan a través de su imagen, no de su corporeidad, gracias al escáner. Sin embargo, la mayor novedad de esta fase es la realización de fotografías nuevas cuyo fin es servir de fondo, de contexto para el collage, o bien combinarse en diferentes planos con los otros elementos: las fotografías antiguas o sus figuras, o los objetos. Casi siempre se trata de paisajes, de edificios, de imágenes extraídas de la naturaleza, aunque también hay figuras humanas. Unas veces son el paisaje, la arquitectura o el espacio real los que parecen haber inspirado la obra, aunque siempre al hilo de una intencionalidad, de una búsqueda dirigida, para, a partir de esa base, completarla la artista con otros elementos figurativos elegidos ex profeso. Otras veces parece que parte de una figura o composición que luego contextualiza gracias a esas fotografías realizadas por ella en sus viajes. Otras veces el equilibrio de todas las piezas del puzzle es tan grande que resulta imposible determinar en qué orden se han incorporado dentro del proceso creativo, de tal modo que sólo cabe decir que, en esos casos, el punto de partida está única y exclusivamente en el paisaje mental de la autora.

La mayoría de las obras acabadas se pueden distinguir, además, por existir de ellas copia impresa de gran calidad, otro aspecto del proceso de trabajo de esta nueva etapa que ha obsesionado a la artista: decía que, como sucedía antes con los grabadores a la hora de elegir un buen impresor, entenderse con él e incluso experimentar conjuntamente con la imagen reflejada hasta darla por buena, pues de ello y de ese breve pero trascendente último paso dependía casi tanto el resultado final como de todo lo realizado por el artista hasta llegar a ese momento, ahora era necesario recurrir a una imprenta digital profesional con maquinaria de alta resolución y controlar el artista personalmente la estampación de la obra como forma de garantizar, sobre todo en su caso, que lo que finalmente queda como producto visible es coherente con lo que el artista ha visualizado previamente durante el proceso creativo. O para que, en caso de producirse variaciones, a veces inesperadas pero interesantes, el resultado sea aceptado e incorporado a la identidad de la obra. O rechazado, lo que podría obligar a la reelaboración digital. Y así lo ha hecho en varios casos.

Las obras acabadas se pueden diferenciar, por último, gracias a los nombres de los documentos digitales que las contienen. Al menos en el caso de Pilar Lara. Esa es otra de las novedades de este medio que le ha obligado a reflexionar y tomar decisiones. ¿Cuándo está acabada la obra? ¿Cuándo la da por terminada el creador? ¿Cómo puede diferenciar la versión final quien reciba la obra en soporte digital, ya sea un coleccionista -en caso de que el artista se desprenda de la matriz y no de sus copias-, ya sea, “en la posteridad”, quien se enfrente, una vez falte el artista, a la tarea de organizar y “gestionar” su obra? En las artes plásticas, normalmente el artista da por terminada una obra una vez la firma y la fecha. O, para ser exactos, emplea este gesto para expresar esa decisión. Eso no quiere decir que no haya habido casos en los que la ha retocado más tarde, pero no es lo habitual. Es más frecuente que, si se arrepiente o no está satisfecho del resultado y la obra aún está en su poder, el creador la destruya y empiece otra nueva. Pero en el arte digital esto no se puede hacer. Además, cabe la posibilidad de estar retocándola sin límites. Por tanto, el artista se enfrenta a un doble dilema: cuándo da por finalizada la obra y cómo fija ese momento. Lo normal, por otro lado, no es que trabaje sobre un solo documento, sino que vaya guardando imágenes intermedias para siempre tener la posibilidad de volver a un punto anterior en caso de que se dé cuenta de estar avanzando por un camino que no le gusta, al margen de que muchas probaturas se hagan en capas que pueden eliminarse sin afectar al resto de la obra. Una opción sería, una vez acabada, destruir todas las copias anteriores para dejar una sola. Pero a Pilar esa posibilidad no le ha convencido, lo cual, dicho sea de paso, y aunque esa no haya sido su intención, es algo que vendrá muy bien a quien en el futuro quiera adentrarse en el estudio de su modo de trabajar. La otra opción -que es la que finalmente adoptó Pilar- es la de precisar en el nombre del documento que se trata de la versión final, una versión en la que, además, se ha cuidado de “acoplar” todas las capas de modo que sea imposible -o muy difícil- alterarla. También ha dejado copias digitales claramente identificadas como tales en diferentes soportes ante la eventualidad de que el original se pierda o se dañe. Todo ello con el único fin de que la matriz se conserve, no de obtener nuevas copias impresas, pues, como sucede con el grabado tradicional, las imágenes digitales, una vez distribuidas en papel, han de estar sujetas a una tirada limitada y fijada expresamente en la copia impresa por el artista para así poder determinar su valor.

Y hasta ese punto ha llegado Pilar en el único conjunto de obras de esta fase -las siete de la serie “El paso del tiempo”- que ha presentado en una exposición celebrada a finales de 2004 en La Factoría del Perro Verde. Aunque sólo ha impreso la copia de cada una que se ha mostrado en las paredes de la galería -salvo en un caso, para atender una demanda-, no ha dejado de precisar el número de copias que se limitaba a hacer en el futuro. Dos o tres de ellas han participado además en la que ha sido su última exposición, una colectiva itinerante que ha tenido su primera parada a principios de 2005 en el Centro Cultural de las Artes de Alcorcón: “Eva: desde Marilyn a Madonna”.

Más allá de todas estas características técnicas y lingüísticas comunes a todas las obras de la fase, desde el punto de vista conceptual, se pueden distinguir en ella tres grupos de obras.

Un primer grupo lo forman aquellas en las que Pilar crea un contexto artificial, abstracto, simbólico, meramente gráfico, en el que la fotografía antigua sigue siendo la protagonista, aún en la línea de la obra anterior: “Familia”, “El paso del tiempo nº 5” y “El paso del tiempo nº 6”. En este grupo, podría encuadrarse también, aunque no utilice una foto antigua sino una nueva realizada ex profeso por la artista, “El paso del tiempo nº 4”, una obra que recuerda a una de las primeras de la etapa conceptual: “Ordinales”.

Un segundo grupo está compuesto por aquellas en las que la artista genera una imagen paisajística, con profundidad de campo, un contexto “natural”, aunque en ellas la artificialidad intrínseca no se oculta, al revés, sirve para subrayar tanto el diferente origen de los mimbres de la imagen como el hecho de que se trata de una proyección mental, onírica, espectral. Los recortes conservan incluso sus colores -o su ausencia- originales, si bien a veces también las imágenes en color aparecen viradas en blanco y negro con intenciones semánticas: se igualan con las imágenes antiguas, simbolizando la finitud, el inexorable paso del tiempo, la transformación de la vida en memoria. Este grupo de obras es totalmente nuevo. No eran posibles antes de que la artista se pasara al medio digital. Lo cual demuestra que no se ha limitado a hacer de él un uso meramente instrumental, sino que ha explotado todo su potencial. Es más, se podría decir que sólo gracias a él ha podido satisfacer una necesidad expresiva latente, superar los límites que le imponían las técnicas anteriores. Sin duda, el descubrimiento le ha hecho apasionarse y experimentar abundantemente; por eso quizás son más numerosas las obras de este tipo -“El árbol de la vida”, “El paso del tiempo nº 1” y “El paso del tiempo nº 7”-, incluidas también algunas de las inacabadas y sobre todo las dos últimas -“Dejadme volver nº 1 (cambio de parcela)” y “Dejadme volver nº 2”-, lo que indica que era el camino que más le ha motivado y por el que seguramente ha pensado proseguir.

Y un tercer grupo es el integrado por aquellas obras compuestas en torno a una o varias imágenes naturalistas descontextualizadas, cercanas a los arquetipos del retrato: “El paso del tiempo nº 2” y “El paso del tiempo nº 3”. En este segundo caso, incluso llega a apuntar una nueva línea, que no ha seguido o no ha tenido tiempo de seguir, en la búsqueda de una relación conceptual entre la imagen humana y los objetos, en este caso bombillas que se van apagando como lo hace la vida de las figuras superpuestas.

Por último, desde un punto de vista temático, casi todas las obras giran en torno al paso del tiempo, el relevo generacional, el papel de la mujer en ese proceso y la angustia existencial provocada por la certidumbre o la proximidad de la muerte, tal y como expresan de forma explícita los títulos y aún más las imágenes que encierran. En unos casos, la artista recurre a la creación de un contexto funerario -“El paso del tiempo nº 4”, “El paso del tiempo nº 7” y “Dejadme volver nº 1 (cambio de parcela)”-. En otros, a la reinterpretación del esquema clásico de las tres edades -“El árbol de la vida”, “El paso del tiempo nº 2” y “El paso del tiempo nº 3”-. En otros, a ambos recursos combinados: “El paso del tiempo nº 1”. Un último conjunto lo forman las obras relacionadas con otro de sus temas recurrentes: la familia también como un ente sometido a las amenazas del desgaste, el deterioro, la enfermedad y la muerte: “Familia”, “El paso del tiempo nº 5” y “El paso del tiempo nº 6”.

Al final, fotografías antiguas, objetos, efectos digitales y fotografías nuevas dialogan en un plano de igualdad en el que comparten los mismos valores -ya no es la oposición entre objeto e imagen, o entre imagen e intervención física-, se funden en una sola imagen, generan una imagen nueva y única, son los mimbres con los que la artista construye el reflejo de una imagen mental… Se puede decir que esta fase representa la culminación de todo el proceso evolutivo de la obra conceptual de Pilar Lara -ya sin derivaciones objetuales, puesto que el objeto ha sido eliminado, sólo queda su imagen-, y que la artista se ha encontrado especialmente a gusto en este periodo por considerar que su obra alcanzaba así un aún mayor grado de coherencia. Y, al mismo tiempo, se puede decir que, en cierta medida, esta fase ha cerrado un círculo, ha culminado un itinerario, ha completado una búsqueda, pues representa una vuelta, con todo los hallazgos de la etapa conceptual a cuestas pero depurados, con todos los recursos de su nuevo y personal lenguaje, a las dos dimensiones del cuadro, de la pintura, del soporte del que partió para comenzar su viaje creativo. Dos dimensiones que encierran, insistimos, toda la riqueza de la creación de un espacio virtual, por eso más mental que ninguno, en el que Pilar Lara ha logrado sintetizar todas las constantes de su universo artístico.

Para terminar, no querríamos pasar por alto un aspecto muy personal del mensaje que Pilar parece estar transmitiendo a través de sus últimas obras, especialmente de la última: “Dejadme volver nº 2”, la única, desde sus primeros autorretratos, en la que se incluye a sí misma, significativamente encarnada en una fotografía de su niñez en la que aparece desvalida, que es como ella se recordaba, probablemente inmediatamente anterior a la contracción de la escarlatina, la enfermedad que le hizo arrastrar problemas de corazón toda su vida y ser más consciente que otras personas más fuertes físicamente de la presencia siempre agazapada de la muerte. Junto a ella aparecen, también en fotografías infantiles, su hija mayor, Genoveva, y su primer nieto, Ginés, hijo a su vez de ésta. Tres eslabones de la cadena que ella y su hija han continuado, heredada a su vez, respectivamente, de su madre y abuela, Rosario, la protagonista de “El universo es cuadrado”, o de su tía y tía-abuela, Catalina, protagonista de las dos primeras obras de “El paso del tiempo”. Tres generaciones reunidas sobre la playa, en la edad de la inocencia, en el tiempo presente y aún virgen del nieto, con el que la vida se renueva, vuelve a empezar. Pero la figura de Pilar, como antes las de Rosario y Catalina, en blanco y negro, representa al pasado, a un tiempo que amarga o gozosamente ya no volverá, a su papel necesario pero finito en la cadena. Por eso, la imagen la muestra creciendo, ampliándose, si bien no para imponerse, sino para desaparecer, para diluirse: su tiempo se acaba, ha cumplido con su papel, ha cedido el testigo…

Este mensaje tiene una dimensión poética de una belleza a la vez lírica, descarnada e inquietante. Como en toda la obra de Pilar, no hay concesiones a lo sentimental, aunque pudiera parecer lo contrario. O, mejor dicho, los aspectos sentimentales de la obra son el envoltorio de una mirada dura, angustiada, incómoda, sólo apta para quienes quieran aceptar el reto de mirar a fondo dentro de ella, de mirar de cara a la vida, con todo su poso de amargura. Estas últimas obras culminan también en este sentido toda su trayectoria. Están dotadas de una carga trascendental como la que sólo son capaces de imprimir a su obra los artistas enfrentados al misterio de la existencia a través de ella, a la incertidumbre de su propio azar a través de su creación, en ese momento en el que, a base de depurar al límite sus reflexiones, se alcanza la soledad de la clarividencia, en ese instante en el que se sitúan de frente al abismo de la angustia, de la certidumbre del final, y el nudo permanente instalado en su garganta, en su alma, en su obra, se deshace en un grito liberador. Pero no es un grito desgarrado. En todo caso, triste, impregnado a la vez de una inmensa paz. De lo contrario, Pilar, tan atenta siempre, sobre todo en esta última etapa conceptual, a la sintaxis de sus títulos, habría escrito: “¡Dejadme volver!”. Así, sin exclamaciones, expresa a un tiempo el anhelo de volver a empezar, de evitar el inevitable acercamiento al final, y la aceptación implícita de que ese deseo, tan humano, tan absurdo, no se va a cumplir. Al contemplar esta última obra, uno no puede dejar de evocar el lamento bellísimo pero desgarrador del violín en el concierto nº 1 de Brahms…

A veces los hechos posteriores hacen que interpretemos de una determinada forma, sentimental, incluso metafísica, cosas anteriores que de repente nos parecen inequívocamente conectadas. ¿Ha presentido y prefigurado Pilar Lara su propia muerte en este conjunto final de obras, en éste su último collage? Lo más fácil y a la vez sublime sería pensar que sí. Pero ésta sería una interpretación exagerada, sesgada por la emoción. Además, en ese caso, ¿por qué habría entonces deseado volver, volver del umbral de la decadencia, de la cita con la operación a vida o muerte? Una cosa es la aceptación del riesgo de vivir, de que al final del camino está la muerte, nos pongamos como nos pongamos, y otra muy diferente es la resignación. Pilar quería seguir viviendo y creando. Por eso eligió someterse a una operación arriesgada. Se rebelaba ante la muerte en vida, ante la decadencia, ante las limitaciones que le imponía su deteriorado estado físico y mental. No tan deteriorado, sin embargo, como para impedirle la mayor lucidez. Sólo le pedía a la vida unos años más de “carrete”. Y apostó todo en esa partida, como había hecho siempre. Aunque, permanentemente insatisfecha y autoexigente, es probable que ella considerase que no siempre había sido así, que podía haber dado más, que tenía cuentas pendientes con su pasado, de ahí que a la vez quisiese volver a empezar, volver a recorrer el camino, aunque sabía que era imposible, o al menos aspirase a unos años más con el fin de equilibrar el balance de su vida. Quién sabe. Lo que si es casi seguro es que estas obras expresan que se estaba preparando para lo que iba a suceder inevitablemente más tarde o más temprano, incluso más temprano en caso de perder la partida en el quirófano. Y expresan que el proceso de degeneración física que estaba sufriendo mientras las creaba, y también el que sufría paralelamente su tía y madrina, la citada Catalina Lara, casi centenaria, a la que ella cuidaba junto a sus hermanas, no por casualidad protagonista, como hemos visto, de las dos primeras obras de la serie “El paso del tiempo”, le ayudaron en esa preparación, le pusieron cara a cara con la vida y con su reverso, con la vitalidad y con su pérdida, con el presente y con la carga del pasado, con el eterno ciclo de la existencia… es decir, con los temas recurrentes de su obra.

Aunque el destino ha hecho que estas obras nos queden como sus últimas creaciones, pues ya no hará más, ese es seguro, debemos evitar considerarlas su testamento, en todo caso, una recapitulación de toda su última etapa, de todo su legado artístico. Entre otras cosas, porque, fiel a sí misma, seguía explorando nuevos territorios, nuevos lenguajes, proseguía su búsqueda, su lucha contra el tiempo… Ojalá estuviera en nuestra mano dejarla volver para que siguiera buscando… Pero ya nos ha enseñado ella, como acabamos de ver, que debemos aceptar lo inevitable.